Soy un negro más: Zurbano par lui même (Parte 1)

By Roberto Zurbano | March 20, 2015
  • Author: Roberto Zurbano
  • Journal: Negra cubana tenía que ser

 

Ser negro y revolucionario en Cuba no es una identidad paradójica, sino un camino colectivo que se elige para, junto a otros condenados de la tierra, confinar todas las discriminaciones que nos impiden la plenitud como ciudadanos. ¡Ni siquiera es fácil escribirlo!  El racismo es, en mi vida personal y social, un monstruo a quien le he declarado la guerra hace muchos años. Eso quiere decir que también le he declarado la guerra a algunas personas, ideas y espacios de la sociedad donde vivo, pues a pesar de una Revolución transformadora de la gran mayoría, el racismo en Cuba está regresando en las formas más burdas y novedosas, instalándose con desfachatada impunidad que urge desenmascarar.

Asumir este camino implica retos personales, históricos y políticos, pero sobretodo implica un reto hacia el futuro. No espero grandes resultados ni declaraciones, ni siquiera comprensión ni  seguidores, pues con este tema ocurre igual que con los leprosos y los tuberculosos: todos se lamentan, pero pocos ofrecen su mano y algunos ni siquiera piensan en la posibilidad de ser uno de ellos. Siempre alguien pregunta cómo ha llegado uno hasta aquí y creo que merece contarlo. Es como hacer un alto en el camino y mirar un poco atrás, para recordar cómo empezó todo y compartir las razones por las que me he involucrado en esta lucha con tanta pasión y conciencia. Para otros es un asunto puramente retorico o académico, pero no es mi caso. Soy un negro oscuro, provengo de una familia humilde cubano-jamaicana, cuyo apellido inglés quedó en el camino de la pobreza por allá, por los años veinte del siglo pasado. Recuerdo a mis tías paternas rechazar, aun ancianas, que les llamaran jamaiquinas, pues nunca perdieron el acento con que aprendieron el español entre gente que nunca supo hablarlo bien.
Rechazados como negros, pobres y jamaiquinos llegó mi familia paterna hasta San Nicolás de Bari, al sur de La Habana y se asentaron en La Sabana, el barrio de los pobres, detrás de la línea del tren.

En pleno siglo XX el azúcar marcó la vida de mi familia: hombres y mujeres entregaban toda su energía a la zafra. Incluso, una tía abuela se hizo famosa, cocinando en el Central Esmeralda, Camagüey, para cientos de hombres, generalmente inmigrantes caribeños. Mi padre trabajó toda su vida en el ingenio Gómez Mena, actual Central Héctor Molina, y algún rincón del mismo me esperaba si la Revolución y la literatura no hubieran cambiado el destino del país y de mi familia. Tenía solo dos años cuando me fui a vivir con mi abuela, necesitada de compañía, pues el matrimonio de mis padres la había separado unos 10 km de mi madre y ella, anciana de 75 años, exigió un nieto de compañía. Me tocó a mí, el último de cinco hermanos. Tuve una infancia tremendamente feliz en aquel pueblito de Vegas, Nueva Paz, donde mi madre y hermanos iban a visitarnos cada mes.

Mi abuela Enriqueta era muy dulce, pero muy peleadora de sus derechos y de los míos. Me enseñó a boxear, a leer, a trepar árboles, a bañarme en el rio y a responder fuerte a los maestros y vecinos que me llamaban “el negrito Borroto”, apellido de un eminente medico negro que había en el pueblo. Al ser el primer niño de mi aula que aprendió a leer, alguien me puso ese apodo que me encabronaba bastante. Mi abuela encontró un versito medio obsceno para que yo respondiera el apodo y aquello duró poco, pues nadie quería escuchar una respuesta tan dura en boca de un niño ofendido. Cuando crecí y supe la historia del doctor Borroto me abochorné, pero la verdad es que me comparaban con él no solo por su capacidad intelectual, sino por su color bien oscuro. Fue mi primer acto antirracista.

Durante las vacaciones escolares, mi abuela y yo nos íbamos a San Nicolás; una experiencia encantadora, pero con demasiadas reglas: había horarios para bañarse, para dormir e incluso había que hacer tareas domésticas, como limpiar el patio; pero la más odiosa era ayudar a mi papá los domingos. Papa olía a raspadura, sus bigotes eran como alambritos muy dulces y sus manos eran negras hasta en las palmas, pues tenía otro trabajo fuera del ingenio:
era limpiabotas, porque un solo salario no alcanzaba para mantener la familia. Mi hermana Mercedes no olvida que muchas de las guayaberas con que mi padre bailaba danzones cada fin de semana, fueron manchadas por la tinta que quedaba en las uñas de Papá.

Lee mas: http://negracubanateniaqueser.com/2015/03/13/soy-un-negro-mas-zurbano-par-lui-meme/

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