Notas sobre Eric Walrond
La inmigración caribeña y la transnacionalidad literaria en Panamá: una excursión por las calles de la memoria, la reflexión y los espacios en movimiento


En un país como Panamá la entrada en la modernidad del Atlántico significó la inmigración de cientos de trabajadores del Caribe y Asia, tanto por la construcción del ferrocarril como por el Canal. Y esta inmigración no solo fue de trabajadores, sino de también de negociantes y empresarios sefarditas del Caribe holandés, americanos, ingleses y franceses. Esta inmigración transformó los espacios urbanos, las estructuras de clases y la endogámica relación del mercado de emparejamiento y matrimonios. Para los primeros veinte años de la República ya habían emigrado a Panamá treinta mil trabajadores que se concentraban en las llamadas ciudades terminales de Panamá y Colón, ya no se hablaba solamente español, sino que el inglés (y el patuá caribeño de las antillas inglesas) inundaba las calles de esas ciudades donde también había cientos de lectores de periódicos en lengua inglesa ávidos de información actualizada.

En el espacio urbano de las ciudades terminales había dos ritmos que entraban en relación, en contacto, en contradicción, juntados, marcados y separados por la existencia de la Zona del Canal. Este era el centro administrativo, político y social dirigido por los norteamericanos. Y los trabajadores antillanos fueron obligados tempranamente a vivir afuera de las fronteras de esa Zona del Canal que, desde sus inicios, se había convertido en una especie de paraíso tropical con su excelente y buena instalada infraestructura, pero que no dejaba de estar estratificada por el “color” y la “clase”. Para los negros antillanos, entonces, fueron levantadas barracas de madera en las ciudades de Panamá y Colón.

El escritor Eric Walrond murió en Londres en agosto de 1966, después de haber vivido en New York y en París. Nació en Guyana (antiguamente British Guiana) en 1898. Llegó con su madre a Panamá (la Ciudad de Colón) en 1911, después de haber vivido en Barbados, y en 1918 partió hacia New York, Trabajó como reportero en el Panama Star and Herald y en New York fue una figura clave del Harlem Renaissance. Para un panameño como yo, que visitó Londres por primera en 1995, puedo imaginarme lo que pudo haber sido esta ciudad para el escritor guyanés-barbadiense- panameño: una estación conocida por la inmigración caribeña de las antillas inglesas, aparte de que él había visto Inglaterra, the “Mother Country”, through a romantic and illusive veil (en Parascandola: 282).

Mi primera estadía en Londres fue marcada por la experiencia inmigratoria del Caribe, una presencia que reconocí en Brixton, en sus calles y en sus mercados, un acento antillano tan familiar que me hizo sentir en casa, a pesar que mi llamada “lengua materna” no es el inglés del Caribe. Pero solo escuchar ese acento me lanzó a esa ciudad de Panamá, marcada por el ritmo de Calidonia, del Marañón, de la casa Müller y de los coros de sus iglesias. Este fue un sentimiento de pertenencia que no pude sentir ni en el mismo Madrid, acento y ritmo tan lejos de mí. No hubo aquí puente que me conectara con el país de nacimiento. Podría decirse que el puente era invisible: la lengua, el fondo espiritual-religioso, la tradición histórico-literaria.
Pero como americano y panameño que soy me resultaba difícil asumir una “identidad común” con una llamada “Madre Patria” que ha sido filtrada por la experiencia post-colonial ilustrada francesa, el pragmatismo americano y la inmigración caribeña. Me resulta mucho más familiar un John Dewey que un Unamuno, más un calypso que un flamenco, más una carrera de caballos que una corrida de toros.

La inmigración del Caribe en Panamá ha sido lo suficientemente contundente para establecer en Londres este puente con el país de nacimiento. Fue un puente que no fue necesario construirlo, porque allí estaba sin darme cuenta, cruzando fronteras, estableciendo relaciones de vida, cotidianas. Y me pregunto si Eric Walrond pudo sentirse en casa en el microcosmos de la inmigración caribeña de Londres, en fin, en Inglaterra y en Londres, en the “mother country”. Leyendo On England y The Negro in London se puede decir que no, pues aparte de constatar su descripción negativa de la situación de los negros en la metrópoli, siempre aparece París y New York como espacios donde los negros son mejor tratados. Para él su experiencia y observaciones en Londres, en Inglaterra, debieron haber sido punzantes y dolorosas, porque desde su niñez Inglaterra había sido the mother country, apoyo de resistencia en Panamá, el punto de referencia positivo para elevar la conciencia de pertenencia colectiva de los West Indies en un país – como Panamá– cuyos algunos veían a los negros antillanos como enemigos en el mercado de trabajo y extraños culturalmente. Efectivamente, la pertenencia al imperio británico era el orgullo de una inmigración que no se había (y no los habían dejado) encontrado “en casa” en Panamá.

Pero la inmigración caribeña fue, sin embargo, tenaz. Fue transformado el perfil de una ciudad, de un país y ha marcado generaciones de panameños.

En ningún registro literario panameño está incluido Eric Walrond. Tropic Death (1926) fue y es un libro inexistente en Panamá, quizás por la estrechez y la fragmentación del circuito editorial, la distancia idiomática o simplemente el desinterés. La inmigración del Caribe inglés no existe en las antologías, no tiene lugar en la literatura panameña nacional que levantó su “identidad” en el idioma español, a pesar que el paisaje urbano-popular fue profundamente marcado y determinado por ella. Rodrigo Miró, el demiurgo de la literatura panameña, edita su libro Teoría de la Patria (1947). Aquí la literatura nacional panameña se levanta contra la transnacionalidad y llega a cegársela en un acto político y académico. En este texto la literatura panameña tiene la misión de construir una nación, está amarrada en la búsqueda de la diferenciación nacional, no tiene la libertad de abrir los ojos a las ciudades de Panamá y Colón, aunque ya en las Noches de Babel (1913) el poeta nacional Ricardo Miró había lanzado una mirada tímida entre los espacios de inmigrantes que el designaba como los barrios extremos.

En la literatura nacional panameña no hay cabida para el Otro.

Es espectacular la descripción que hace Walrond de la ciudad del boxeador Panama Al Brown, estrella del surrealista francés Jean Cocteau: Colón. En Godless city (en Parascandola: 1924) el autor nos presenta una ciudad transnacional que algunos todavía siguen llamando Aspinwall en honor a uno de los ingenieros que construyeron el ferrocarril. Aquí la ciudad es puesta a la altura de Sodoma y Gomorra y es limpiada regular y bíblicamente por los fuegos. Los habitantes vienen de todas las partes del planeta, comerciantes, trabajadores y prostitutas. Impera el obeah, religión de los negros caribeños de las antillas inglesas, parecida a la santería y al voodoo. El autor nos pinta el contrapunto de una ciudad, entre los trabajadores venidos a trabajar en proyectos faraónicos (el ferrocarril y el canal) y sus creencias religiosas. En el medio hay un educador español Carlos del Campo que mantiene una escuela privada where he taught French and English and the classics to the sons and daughters of the wealthy Chinese merchants of the city (en Parascandola: 167). En Walrond hay una mirada especial para lo que no es homogéneo, lo que es socialmente diverso y contradictorio, y no persigue unificar narrativamente la conciencia o el comportamiento humano (Denise Frederick: 1997). Su especialidad, si puede utilizarse esta palabra, es mostrar las fisuras, las paradojas, las contradicciones, los quiebres. No busca narrar a la nación con sus intentos homogenizadores y unificadores. No está detrás del “mestizo”, del “mulato”, del “híbrido”, pero su narrativa es ejemplo del encuentro/desencuentro de una modernidad que convierte la transnacionalidad en un discurso abierto a la inmigración, al racismo, la exclusión y la opresión, puntos que cruzan la Zona del Canal de Panamá, las ciudades de Panamá y Colón, New York y Londres.

La narrativa de Eric Walrond se inserta en la conciencia de un mundo lleno de paradojas como está muy bien descrito en el burdel The Palm Porch en la ciudad de Colón: Miss Buchner, cuyas hijas son sus empleadas, es a woman of taste and culture (90: 1954). Y mientras los autores nacionales de la literatura panameña concentraban sus energías en vilipendiar a los burdeles, a las prostitutas y a los turistas, como una amenaza a la nación y a la nacionalidad panameña, Walrond nos introduce al interior de un mundo “extraño”, “desconocido” para los nacionales que habían convertido la transnacionalidad como el peor enemigo de la nacionalidad panameña. Con Walrond la literatura deja de ser “panameña” para insertase en espacios no explorados en Panamá. Él habla desde Panamá (a pesar que Tropic Death fue escrito en los Estados Unidos) con la voz del Otro y a través del Otro. Su voz, que reúne estas voces, es la polimorfonía de una transnacionalidad que es vista como “extranjera”, negadora de la nación y, por lo tanto, no asumible en el discurso oficial de lo literario.

El descubrimiento de Eric Walrond fue la imperiosa necesidad de encontrar la voz del Otro. Fue un desplazamiento, saltar más allá de la barrera, impuesta por la lengua nacional ( y la ideología nacionalista que la mantiene). Mi propia experiencia con la inmigración ha sido el motivo para encontrar una voz que “fundara” un desplazamiento que atrapara la transnacionalidad como “tradición” e “historia” en Panamá. No se trata ahora de jugar a una lógica dialéctica y con ello fundar indirectamente una idea de la nación.

La narratividad de la transnacionalidad es una experiencia que se presta cada vez más a un mundo fluido.